Puedo decir que soy de esas personas que han sido víctima de las hipotecas.

Por una hipoteca me casé con la que era mi novia.

Una unión de amor firmada sobre papel… para 40 años.

Con los pisos de nuestros padres cómo aval dando fe de nuestro firme compromiso.

Y para terminar de convencernos de que todo eso era buena idea tuvimos a un hijo.

 

Pero la verdad es que una vez casados el amor se hizo a un lado, aunque eso no fue suficiente para cuestionarlo. Sobretodo nos hacía felices construir todo eso, sentir que podíamos hacerlo, ser una familia como las demás. Sentíamos que estábamos haciendo las cosas bien.

La realidad, en nuestro caso, nunca superó la ficción. Nuestra realidad era monótona. Estábamos agobiados, aburridos, agotados… Rápidamente nos quedamos sin temas de conversación y llenábamos el silencio poniendo la tele, ni siquiera discutíamos demasiado y el amor se reducía a repartir las tareas de casa benevolentemente según quién estaba más cansado.

Trabajo, casa, niño… Eran las tres pelotas con las que hacíamos malabares y que no nos dejaban prestar atención a nada más. Tampoco a nosotros.

 

Cuando me quise dar cuenta vi que mi vida consistía en sufrir en el trabajo y sufrir en casa. Solo alternaba el contexto en el que sufría. Es como cuando vas con las bolsas del supermercado y las asas se convierten en afilados hilos de pescar que amenazan con amputarte los dedos. Cambias las bolsas de mano para engañarte y que sigan doliendo pero de un modo distinto.

Ahí lo único que te salva es la evasión, esos momentos en los que desapareces y el mundo deja de pesar.

 

Recuerdo que hace un par de años, me la quedé mirando preguntándome ¿cuándo tiempo hace que lo nuestro ha terminado?

Me puse a pensar y encontré la respuesta. Nuestro amor duró hasta que firmamos el amor eterno… Un año y tres meses.

Tras eso, nuestro amor se convirtió en una forma de cariño, nosotros en un buen equipo para cuidar de nuestro hijo y en nuestra relación después solo quedaba silencio y aburrimiento.

Desde ese día, hace un par de años, nada volvió a ser lo mismo aunque todo siguiera igual.

 

No quiero que parezca que nos rendimos fácilmente.

Ambos lo hemos intentado, hemos hecho de todo para despertar la pasión, hemos ido a terapia de pareja, hemos ido de vacaciones a lugares exóticos, hemos puesto voluntad en tener buen sexo y experimentar cosas nuevas, hemos programado citas entre nosotros, nos hemos puesto guapos para ir a cenar a lugares nuevos…

Pero nos quedamos sin imaginación antes de conseguir que la pasión volviera.

 

Siempre asocian la pasión con el fuego y es porque deseas su calor pero no puedes ni tocarlo ni mantenerlo encendido para siempre.

Y es que la pasión parte del deseo de poseer algo que no tienes, sentir que puedes tocar algo que no te pertenece y que no puede ser tuyo, disfrutar de algo maravillosamente imperfecto que puede desaparecer en cualquier momento…

Pero cuando te atan a ello la pasión desaparece.

 

Alguien dijo que el amor es una enfermedad mental y que la cura es el matrimonio.

La pasión es riesgo. El matrimonio estabilidad.

Ambas se anulan mutuamente.

Doy fe de ello.

 

Quería tomar la decisión pero no encontraba suelo bajo mis pies para seguir adelante.

Tras todos estos años, al pensar fríamente en separarnos sucedió algo. Por primera vez en mucho tiempo sentí un amor profundo por esa mujer. No podía soportar que su belleza, que su alegría, que su magia siguiese marchitándose en esta cárcel que ambos habíamos creado.

Ella, ambos, merecíamos algo mejor. Y eso fue suficiente para asumir que nunca habría un camino para avanzar en esa dirección y que lo único que podía hacer era lanzarme al vacío.

Y lo hice.

 

Al decírselo, primero hubo enfado. Después miedo. Y finalmente gratitud.

Por haber tomado una decisión inevitable que ambos evitábamos tomar.

Libres de cadenas nos miramos con amor y nos dijimos…

 

Hasta siempre.

 

 

Tú puedes estar en esta misma situación, viendo que tu matrimonio hace mucho que ha terminado y es posible que no encuentres el suelo bajo tus pies para seguir avanzando hacía esa separación inevitable.

Quieres reducir dolor, quiere hacerlo sin causar sufrimiento. Minimizar daños…

Y puedes hacerlo. 

Pero lo que no puedes hacer es por cobardía seguir quemando un tiempo que no es solamente tuyo.

Si quieres hacerlo, pero bien.

Para empezar a descubrir todo lo que necesitas saber para gestionar una separación de forma consciente.

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