1. ¿Se puede predecir el futuro?

Hace unos años estaba en mi despacho haciendo una sesión de terapia a una mujer de la alta burguesía catalana, nos conocíamos porque ya habíamos hecho un proceso unos años atrás y teníamos bastante confianza.

Ella tenía 46 años y estaba casada desde hacía más de 25 años con un hombre varios años mayor que ella.

Él era bastante conocido, tenía una empresa importante y también estaba metido en política.

Ambos vivían en un pueblo a las afueras de Barcelona, cerca de dónde tenían la empresa, ella trabajaba ahí como contable.

Su hijo de 21 años vivía en Londres dónde estudiaba un máster, la pequeña de 18 se había mudado del pueblo a Barcelona y compartía piso con unas amigas, estudiaba en la universidad.

Tenían una vida completamente normal, pero de repente todo cambió. De pronto él empezó a estar distante, evitativo, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Ella imaginó que eso se debía a alguna preocupación relacionada con la empresa o la política. Pero una mañana su marido dijo que se marchaba. Literalmente las palabras que continuaban eran “he encontrado el amor de mi vida” y se mudó temporalmente al piso de Barcelona a vivir con ella. Procedió a hacer las maletas, dijo que las cosas que faltaban ya se las había llevado y se marchó.

Habían pasado algo más de dos meses desde ese suceso. La pobre aún seguía en shock.

Me contaba que aquella mañana se quedó sentada en el salón mirando la puerta pensando que debía de ser una especie de broma y que él volvería en cualquier momento, pero no lo hizo. Con los días descubrió que no solo la había dejado a ella, sino también a sus dos hijos. No les cogía el teléfono ni les contestaba los mensajes. Él tampoco aparecía por el trabajo, había desaparecido.

Ella empezó a plantearse ir a la vivienda de Barcelona, primero no se atrevía, pero a medida que pasaron los días no pudo aguantar más y fue. Al principio no sabía si subir al piso, ya que ella tenía llaves, pero no quería ni imaginar que ahí hubiese otra mujer, se quedó cerca del portal, escondida detrás de unos coches en la otra acera, después se metió en una cafetería cercana desde la que veía el portal, aún con todo lo que estaba pasando se sentía culpable por estar ahí espiando.

Finalmente vio a una chica salir del portal, se quedó de pie esperando, era alta, con el pelo castaño y joven, muy joven, llegó el coche de su marido y ella subió. Era ella, la amante y no tenía ni treinta años.

Sentada en el sofá de mi despacho me contó que ella seguía yendo a trabajar cada día, pero él no aparecía por la oficina. Por los pedidos que llegaban veía que seguía reuniéndose con clientes, pero todo fuera del despacho. Por motivos laborales ella le contactó por mail, él contestó como si nada y al día siguiente apareció por la empresa.

Cuando ella le vio, entró en su despacho llena de ira y le preguntó qué estaba sucediendo, por qué no les cogía el teléfono ni hablaba con ellos, eran su familia. Él le dijo que no quería hablar, ni con ella ni con sus hijos, que les seguiría pasando dinero pero que si le molestaban dejaría de hacerlo. Después le dijo que quería el divorcio porque tenían planeado casarse y querían vivir en la casa de la familia.

Ella me decía que esa chica, la amante, le había quitado a su marido después de más de 25 años juntos y dos hijos, y no solo eso, quería quedarse con todo. Pero lo peor es que él estaba dispuesto a dárselo.

Yo la miraba sorprendido por el dolor que transmitía al contar su situación. Le pregunté por qué no me había contactado antes y me dijo que ni siquiera había pensado en pedir ayuda. Que era todo como irreal, como si estuviese en un sueño. El motivo por el que ella me había contactado de nuevo y había decidido venir a la consulta era que, además de todo lo sucedido, él empezó a presionarla. Quería el divorcio, sí o sí, inmediatamente y exigía unas condiciones inaceptables para ella. Él quería casarse con su amante y vivir con ella en la casa que hasta ese momento había sido de la familia. A cambio, le proponía quedarse con el piso de Barcelona dónde él estaba ahora (una propiedad con relativo poco valor en comparación con su casa) y una pensión compensatoria para toda la vida. También tendría que dejar la empresa. Ella me dijo que ya no podía más, toda esta situación y la presión a la que él la estaba sometiendo había terminado por desbordarla. Yo la miraba, estaba desesperada y agotada, y yo sabía que todo eso no había hecho más que empezar.

Su pregunta era, ¿Debo enfrentarme y arriesgar o rendirme y aceptar lo que él me propone?

Al exponerme esa duda, lo primero que le dije es que no tenía ninguna obligación de responder inmediatamente a las peticiones de él. No era necesario tomar una decisión a corto plazo. La prisa de él no es la prisa de ella, y justamente esa prisa que tenía él jugaba a favor de ella.

Le ayudé a tomar conciencia de lo dura que era la situación que estaba viviendo, del gran esfuerzo que había hecho en los últimos meses y todo lo que había logrado, realizamos ejercicios de liberación emocional, reestructuramos la situación y definimos una red de apoyo que le ayudase a gestionar todo esto en su día a día.

Al final de la sesión, ya estando más tranquila decidió no dar ninguna respuesta a su marido hasta que hubiese definido una estrategia con los abogados.

En la siguiente sesión tuvimos que lidiar con un factor que no contábamos, él amenazó con bloquear todas las cuentas y dejar de transferir dinero e incluso dejar de pagar la universidad o el máster de sus hijos si ella no aceleraba el proceso de divorcio. Él tenía mucha prisa, o quizás la prisa la tenía la amante… Pero en cualquiera de los casos, día a día, él incrementaba la presión para que ella aceptase el divorcio, amenazando con quitárselo todo.

La estrategia a la que llegamos en esa sesión fue abrir cuentas nuevas de banco y transferir todos los ahorros de ella a esas cuentas (hasta entonces tenían cuentas conjuntas), coger la baja en la empresa, cortar comunicaciones con él, poner a los abogados como intermediarios y hacer ejercicios de Metaprogramación para ir liberando la presión emocional que reprimía.

Cumplió con todo en los siguientes días, pero el miedo estaba ahí, sentía que esa mujer le estaba robando la vida y que si no jugaba bien sus cartas tanto ella como sus hijos desaparecerían de la vida de su marido como si nunca hubieran existido.

Habíamos podido comprobar que intentar negociar con él era imposible, estaba cegado. A nivel legal, los abogados de mi clienta le dijeron que no tenía mucho con lo que negociar, él tenía una estructura empresarial y algunas de sus propiedades formaban parte de la empresa. De tal manera que con lo que él le ofrecía, la pensión y el apartamento de Barcelona, ella no podía exigirle mucho más.

Parecía que estaba todo perdido, pero de repente todo cambió.

Una tarde ella estaba en casa y sonó el timbre, era él. Ella sorprendida le invitó a pasar, le preguntó si venía a recoger algo. Él le dijo que no, que quería hablar con ella. Se mantuvo en silencio unos segundos y amablemente le dijo que sentía cómo la había tratado, que ella no lo merecía después de todo lo que le había apoyado y lo que habían vivido juntos todos esos años. Le dijo que no se preocupara, que llegarían a un buen acuerdo para ella porque quería que ella estuviera bien y sus hijos también. Le dijo que a partir de ese momento sus abogados empezarían a colaborar. Le propuso un nuevo trato, la casa familiar sería para sus hijos, pero ella sería usufructuaria toda la vida, él compraría otra casa para vivir y se mantenía la pensión compensatoria de por vida. Ella no entendía nada, pero rompió a llorar al ver de nuevo al hombre que había sido su compañero durante tanto tiempo. Le dijo que lo pensaría, y él se levantó para marcharse, ella también lo hizo, pero antes de salir él le dio un abrazo, después se fue.

En la siguiente sesión ella me dijo que iba a aceptar ese trato antes de que él cambiase de opinión. Pero yo sabía que ese giro no tenía sentido. ¿Qué le sucedía a ese hombre? ¿Se arrepentía? ¿Se sentía culpable? ¿Había descubierto algo de su amante que le había hecho recapacitar? Le dije a mi clienta que esperase, en mi cabeza analizaba los ciclos y el comportamiento de él y no era coherente. No hay que jugar a juegos que no entendemos. Le aconsejé que no tomase ninguna decisión hasta tener más información. Necesitábamos más tiempo para entender lo que estaba pasando, pero no sabía si ella iba a dar ese margen para descubrirlo.

A la semana siguiente, ella tenía claro que ese mismo viernes tenían reunión con los abogados para firmar el divorcio. Aceptaría ese trato. Comentó que se sentía mucho más tranquila al ver que su marido, pronto su exmarido, había, en cierta forma, recapacitado. Yo no me fiaba ni un pelo, los movimientos de él no cuadraban. Entonces ella me dio la pista que me ayudó a entender lo que estaba sucediendo (o, mejor dicho, lo que estaba a punto de suceder). Me dijo que él había hecho las paces con sus hijos, esa misma semana había viajado a Londres a visitar al mayor por sorpresa, se presentó sin decir nada en su apartamento, le dijo que quería hablar con él. Su hijo sorprendido aceptó, nunca se habían llevado bien, en esa conversación él le dijo que lo sentía, le habló con una sinceridad como nunca había tenido con nadie, le dijo que se sentía viejo, que estaba en crisis, y que no había sabido hacerlo mejor. Pasaron ese día y el siguiente juntos. Luego voló de nuevo a Barcelona e hizo lo mismo con su hija. Ella le adoraba desde siempre. Mi clienta me dijo que le gustaba que por lo menos ellos siguieran teniendo un padre.

En ese punto, las piezas me empezaron a encajar. Estaba empezando a entender su comportamiento. Pero quería hacer una prueba para ver si mi hipótesis se sostenía. Le pregunté a la mujer si confiaba en mí, me dijo que sí. Le dije:

Llámale ahora y proponle aplazar la firma del divorcio. Pon una excusa. Por ejemplo, que tus abogados han tenido un problema. –le dije.  ­–Si no me equivoco ya no tendrá prisa para firmar.

Ella no entendía nada, quería firmar ese viernes antes de que él cambiase de opinión. Le dije que si él se negaba, lo aceptase, pero que no se negaría. Yo solo quería probar que la prisa por firmar ya no estaba.

Sacó el teléfono de su bolso, se puso de pie y salió de mi despacho, le llamó y él descolgó. Le saludó y sin rodeos le pidió que aplazara la firma, poniendo como excusa un problema con sus abogados. Él dijo que no había problema. Le preguntó a ella si iba todo bien, ella respondió que sí y él le dijo que ya concretarían para las siguientes semanas (en plural). Ella se sentó en el sofá y me miraba sin decir nada. Él, después de la presión que había puesto, había aceptado retrasar la firma sin problema.

–¿Qué está sucediendo? –Me preguntó.
–Tengo que decirte algo –le dije–. Me da la impresión de que él va a morir.

Ella me miraba petrificada. Me preguntó por qué decía eso.

Mi respuesta fue que, en mi opinión, él conoció a esa chica y al sentirse mayor, decidió aprovechar la oportunidad, empezar una nueva vida. El miedo a no vivir, le hizo cegarse y aferrarse a esa historia dejando la anterior atrás. Ese fue el primer movimiento, separarse y romper con todo. Volver a empezar. Pero de repente cambió drásticamente su comportamiento. Cuidarla a ella, dejarla en una buena situación, reencontrarse con sus hijos y asegurarse de que el patrimonio llegara a ellos, lo que estaba haciendo era dejarlo todo preparado para no estar.

Su improvisado viaje a Londres para reencontrarse con su hijo, con el que no se llevaba bien desde hacía tiempo, fue para hacer las paces… Se estaba despidiendo. Lo mismo sucedía con su hija. Una parte de él seguía con la inercia de seguir con su amante, divorciarse y casarse, pero ya no tenía prisa porque inconscientemente sentía que eso ya no sucedería. Lo que importaba era que su mujer y sus hijos estuviesen bien cuando él ya no estuviese y por eso se estaba ocupando de ello.

En ese momento, la mujer me dijo que cuando él la abrazó ella sintió que era una despedida.

Le dije que todo estaba yendo muy rápido, en muy poco tiempo habían sucedido muchos cambios y que si esto llegaba a suceder no le interesaba estar separada. Por ello, le dije que atrasase la firma del divorcio.

–¿Él lo sabe?, –Me preguntó.

–No creo que lo sepa conscientemente, pero lo siente. –Respondí. Después se marchó.

Mi clienta aplazó la reunión del siguiente martes, imagino que estaba consternada por lo que le había dicho y desconfiaba de mí. Pero esa misma semana me llamó (mis clientes nunca me llaman directamente por teléfono).

–Ha muerto, –me dijo–. –Tenías razón.

A continuación, me contó que le llamaron del hospital, él había tenido un infarto fulminante. Le dije que lo sentía, le pregunté cómo estaba, me dijo que no podía creerlo. Dijimos de vernos después del entierro.

Habían pasado un par de semanas después de la llamada. Ella estaba sentada en el sofá de mi despacho, en silencio.

–Soy viuda. –Es lo primero que dijo.

Nadie sabía que él se había marchado de casa, la chica con la que se iba a casar no vino al entierro, todo fue como si no hubiese sucedido nada de lo ocurrido en los últimos meses y él hubiera muerto en casa siendo mi marido y el padre que era. Además, legalmente soy la esposa y todo el patrimonio, incluidas las empresas, son para mí y para nuestros hijos.

(Los datos de este caso han sido alterados para respetar la privacidad de la clienta, la cual me ha autorizado a compartirlo).

Reflexión:

¿Cómo uno puede darse cuenta de algo así? Aplicando Kavanah y entendiendo los ciclos (yin-yang).

Esta no ha sido la única vez que deduzco que una persona ha iniciado una conducta de despedida. Es algo que, a pesar de poder intuirlo, no digo en consulta a no ser un caso como este en el que tengo bastante confianza con la persona.

Mi manera de entender esto es que mientras una persona se encuentra en una estrategia de “seguir viviendo” avanza, construye, crea… Pero cuando una persona deja de lado esa estrategia y empieza la estrategia de “dejar de vivir” su conducta cambia, pone orden y se despide, la lucha ha terminado.

¿Se puede predecir el futuro?

En mi opinión no. Pero sí que se puede predecir un presente que ha empezado y que todavía es demasiado sutil como para ser percibido por la mayoría de la gente. El secreto está en el modo en el que miramos la vida. Todo el mundo se concentra en ver aquello que quiere que ocurra y no en aquello que está ocurriendo. Ese es el primer paso para “ver” qué es lo que está sucediendo.

Entender los ciclos también me ayuda. Una persona alinea su conducta a una estrategia que encaja dentro del proceso que está viviendo. Si cambia la conducta, posiblemente es porque ha cambiado la estrategia y eso significa que, o ha avanzado en el proceso o está en un proceso nuevo. El marido se encontraba en un doble proceso:

–  Dejar y alejarse de su familia. (Yang viejo)

–  Empezar una vida con su amante (Yang nuevo)

De repente, todo el proceso se invirtió. Dejó de poner energía en la relación con su amante (Yang nuevo) y puso orden con su familia, pero tampoco puso energía ahí (Yang viejo). Hizo las paces con todos, pero no puso energía intentando tener una relación mejor a partir de ese momento. La energía se agotaba y no podía alimentar ningún proceso. Por ello su conducta era la de poner orden y despedirse.

– FIN –

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